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El doble estándar en el terreno sexual

Amarna Miller analiza el sesgo de género en la manera en que vivimos

Señalado y buscado a partes iguales, el deseo femenino ha sido blanco del estigma y la marginalización. Pero ¿Sigue existiendo un doble estándar hoy en día?

Por Amarna Miller

Las relaciones de poder y la conexión sexual

Corría el año 2004 cuando Rick Solomon, conocido jugador de póker y exnovio de Paris Hilton, decidió comercializar un video donde se ve a la pareja teniendo sexo. "1 Night in Paris" generó polémica y dinero a partes iguales, y Hilton fue retratada como una niña rica y tonta que no había sabido respetarse a sí misma. Las burlas y la presión le provocaron estrés postraumático. Seis años antes, la entonces becaria Monica Lewinsky era sometida a juicio después de que saliese a la luz que había mantenido relaciones sexuales con el presidente de estados unidos, Bill Clinton. El escándalo le costó varios intentos de suicidio.

Tal vez estos sean algunos de los casos más sonados en los que tanto los tribunales como el público crearon una imagen dantesca de las relaciones de poder y su conexión con la sexualidad, juzgando a la víctima como culpable. Tanto Paris como Mónica sufrieron el escarnio, y severas consecuencias emocionales, mientras que ellos pudieron continuar indemnes con su trabajo.

Lamentablemente, no hay que buscar casos así de conocidos para analizar el doble estándar que vivimos en el terreno sexual. Herederos de una educación que todavía tiene un gran bagaje religioso, nos enseñan que la mujer ha de guardar su cuerpo para aquella persona que la ame de verdad, mientras que el deseo sexual masculino es anunciado a viva voz, como un símbolo de orgullo y estatus social. Eso si, ¡Cuidado!, tampoco puedes guardarte demasiado, so pena de ser tildada de mojigata. Hay una delgada línea que separa el ser vista como una monja, a convertirte en la puta de la clase. Ese es el laberinto de la identidad femenina: las etiquetas que, alimentadas por el estigma, te sitúan entre la espada y la pared. «Nuestras sexualidades nos ponen en peligro —dice Virginie Despentes en su libro "Teoría King Kong"—, reconocerlas es quizás experimentarlas y toda experiencia sexual para una mujer conduce a su exclusión del grupo».

 

 

La rebeldía sexual femenina

Siempre me ha parecido curioso cómo la valía de una mujer se juzga tomando como referencia la cantidad de personas con las que se ha ido a la cama. Por eso utilizamos ideas tan abstractas como el "respeto" y el "amor" a la hora de hablar de la sexualidad femenina. "Si ella no se respeta a sí misma, ¿Cómo voy a hacerlo yo?", me decía mi compañero de clase en cuarto de la ESO, después de pintarle "GUARRA" a otra chica en el pupitre por haberse atrevido a tener dos novios diferentes en un mismo curso.

La mujer que se sale del redil de lo socialmente correcto no está únicamente haciendo algo malo, sino que es ella misma quien queda malograda. Se juzga su esencia, no su comportamiento. La promiscuidad masculina, por otra parte, se valora desde el raciocinio. Ellos sufren el síndrome de Peter Pan, son mujeriegos o unos narcisistas, pero nadie cuestionará que su ser ha cambiado. Se les critica desde la lógica, no la moralidad. Y como su espíritu (Su alma) sigue intacta, siempre queda una puerta abierta para que puedan sentar la cabeza y poner la otra mejilla.

Pero ¿Sigue este doble estándar presente hoy en día? Ahora, la mujer hipersexualizada se rebela, no desde la modestia y el recato, sino enarbolando su deseo como quien cuelga un letrero de neón. La Zowi ha hecho del "¿Dónde están mis putas?", todo un himno, mientras Tokischa le canta a su coño al ritmo del dembow. Hemos pasado de cubrirnos por miedo, a ser juzgadas, a vender nuestros videos porno en Onlyfans ¿Se trata de una liberación? No lo creo. Pero si pienso que se trata de una respuesta lógica. Hartas de la complacencia en la que tan bien se nos ha educado, ahora ese anhelo que durante tantos años habíamos guardado a buen recaudo ha explotado llevándose todo lo que encuentra por delante.

En parte, porque ahora mismo el castigo social al que nos atenemos ha cambiado de forma. El juicio, que antes venía del exterior, ahora se ha convertido en un pepito grillo que nos habla desde el tribunal de nuestras cabezas, y también desde nuestras mismas filas. Sí, sigue habiendo una voz dogmática que intenta dictar cuál es la manera correcta de disfrutar de nuestro deseo, y aunque ahora tiene otro tono y utiliza otras estrategias, su finalidad es la misma: controlar lo que hacemos a través de la moral. Librarse de ella pasa por trabajar el pensamiento crítico, y analizar nuestros apetitos, tomando como punto de partida nuestros propios valores, no los del resto.

 

La estigmatización social hacia una mujer sexualmente activa es más marcado que hacia un hombre. Amarna Miller nos da su punto de vista y nos invita a reflexionar de donde vienen estas ideas y cómo podemos luchar contra ellas. ¡Cuéntanos tu opinión en el foro!

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